Universitarios que trabajan para estudiar, una realidad cada vez más común en Quito
Entre empleos informales, prácticas profesionales y jornadas dobles, cada vez más estudiantes buscan equilibrar la universidad con la necesidad económica y la experiencia laboral.

Universitarios en Quito dividen su tiempo entre aulas y empleos para sostener sus estudios y ganar experiencia profesional. Cada vez más universitarios combinan horarios académicos con jornadas laborales que van desde cafeterías y locales comerciales hasta prácticas profesionales en medios, agencias o empresas privadas. La necesidad económica, el deseo de independencia y la presión por adquirir experiencia antes de graduarse han transformado la rutina universitaria en una dinámica de doble esfuerzo que redefine lo que significa ser estudiante hoy.
En sectores cercanos a las universidades, como Cumbayá o el norte de la ciudad, es común ver jóvenes que pasan del aula al trabajo en cuestión de horas. Juan Montenegro, estudiante de Finanzas en la USFQ y trabajador en la tienda de pádel PadelNuestro en Cumbayá, explica que la organización del tiempo se vuelve clave para sostener ambas responsabilidades. “Trabajo porque quiero ganar experiencia y también ayudarme con mis gastos, pero hay días en los que salgo de clases directo al local y regreso a casa solo para seguir estudiando”, comenta, reflejando una realidad compartida por muchos universitarios.
Los ingresos varían dependiendo del tipo de empleo y la experiencia del estudiante. Hay quienes reciben pagos por horas o colaboraciones puntuales, mientras otros acceden a pasantías que aportan más al currículum que al bolsillo. José Cevallos, estudiante de Marketing en la Universidad San Francisco de Quito, trabaja en un broker de seguros, señala que el trabajo le permitió entender el mundo corporativo desde temprano: “Aprendes a tratar con clientes reales y a manejar responsabilidades que no siempre ves en la universidad. A veces el ritmo es fuerte, pero siento que estoy construyendo algo para el futuro”, afirma. Sin embargo, el resueltado o causa principal no siempre es económico, sino físico y emocional según ellos, las Jornadas son largas, traslados extensos y noches sin dormir se convierten en parte de una rutina que exige disciplina constante y obliga a reorganizar prioridades personales.
El equilibrio entre estudio y empleo no siempre resulta sencillo. Mientras algunos logran organizarse mediante calendarios y planificación rigurosa, otros enfrentan estrés acumulado por la presión de cumplir con responsabilidades académicas y laborales al mismo tiempo. Isac Guijarro, estudiante de Comunicación y asistente de compras, reconoce que trabajar mientras estudia ha sido un reto constante. “Hay semanas donde el trabajo demanda mucho y toca avanzar tareas en la madrugada, pero también siento que aprendo cosas que la teoría no siempre te dan en la universidad”, explica. En este contexto, docentes y especialistas coinciden en que el trabajo estudiantil puede ser positivo cuando está alineado con la formación profesional, aunque advierten que jornadas extensas o empleos mal remunerados pueden generar desgaste y afectar el aprendizaje.
La diferencia entre informalidad y prácticas profesionales marca experiencias distintas dentro de la vida universitaria. Las prácticas ofrecen contacto directo con el campo laboral y oportunidades de crecimiento, aunque muchas veces son mal pagadas o incluso no remuneradas, lo que obliga a varios estudiantes a mantener dos actividades paralelas para cubrir sus gastos personales. Matías Arguello, estudiante de Administración de Empresas en la USFQ y fotógrafo publicitario, comenta que el trabajo creativo le ha permitido generar ingresos mientras fortalece su portafolio profesional. “Ser fotógrafo me da libertad, pero también implica estar pendiente de entregas, clientes y edición, y eso se suma a las clases y proyectos universitarios”, señala.
Para muchos jóvenes, la universidad dejó de ser un espacio aislado del mundo laboral y se convirtió en una etapa híbrida donde aprender y producir ocurren simultáneamente. El aula ya no es el único lugar de formación; el trabajo también enseña habilidades que no siempre aparecen en los programas académicos, como la gestión del tiempo, la comunicación con clientes o la resolución de problemas bajo presión. En Quito, esta realidad se repite en distintas carreras y niveles socioeconómicos, mostrando que el esfuerzo por equilibrar estudio y empleo se ha vuelto una experiencia compartida por una generación que construye su futuro mientras enfrenta los desafíos del presente. Para muchos universitarios, trabajar no es solo una necesidad económica, les acerca al mundo real antes de obtener el título, una decisión que redefine el concepto tradicional de la vida universitaria y abre preguntas sobre el apoyo institucional, las oportunidades laborales y el bienestar estudiantil en un contexto cada vez más competitivo.

