La doble moral que sostiene el negocio de OnlyFans
Mientras miles de personas pagan en silencio por contenido exclusivo en OnlyFans, el estigma social recae casi exclusivamente sobre las mujeres que lo producen, a quienes se les atribuye una supuesta “pérdida de valor” y dignidad.

Logo de la aplicación/ Foto: Melissa Lucero
En 2025, Ecuador se posicionó en el puesto 18 a nivel mundial en gasto per cápita en OnlyFans y entre los diez países de América con mayor consumo, con USD 17,5 millones invertidos por usuarios ecuatorianos, un crecimiento del 15,9 % respecto a 2024 y un promedio de USD 9.537 por cada 10.000 habitantes. Mientras las cifras consolidan al país como un mercado activo dentro de la economía digital del contenido íntimo, el estigma persiste: casi nadie admite pagar, pero muchas mujeres quienes producen enfrentan juicios públicos en una sociedad y que condena en voz alta y lo consume en silencio.
“Yo opino que es una porquería, la verdad. Porque sexualizan su cuerpo por dinero. Prácticamente es una forma de prostitución”, explica Esteban Castro. “Moralmente creo que está muy mal… siento que pierdes dignidad. Pierdes respeto”, añade. En su discurso, la crítica no se dirige únicamente al modelo de negocio, sino a la idea de que una mujer que monetiza su imagen íntima pierde valor social.
El concepto de “valor” aparece asociado a respeto, reputación y posibilidades afectivas futuras. No se trata solo de dinero o exposición digital, sino de capital simbólico.
Sin embargo, la contundencia moral del juicio se quiebra cuando la conversación avanza. “Sí pagué una vez, me salió tres dólares, fue por curiosidad cuando se puso de moda la plataforma, tenía 17 años”, reconoce. Esta confesión introduce una contradicción central en el debate contemporáneo sobre OnlyFans: el consumo existe, pero rara vez se declara públicamente.
En torno a plataformas como OnlyFans aparece con frecuencia un fenómeno social que suele describirse como “doble moral”. Este concepto se refiere a la actitud de quienes defienden públicamente un determinado código de conducta, pero no lo aplican a sus propias acciones.
El consumo de contenido para adultos mantiene una lógica binaria entre quien produce y el consumidor. Mientras las creadoras suelen quedar expuestas a críticas, juicios morales o estigmatización social, los compradores permanecen mayoritariamente en el anonimato. La vergüenza asociada al reconocimiento público del consumo suele ser mayor que la disposición a admitirlo abiertamente. “Jamás he conocido a una persona que diga explícitamente que consume”, comenta Esteban, antes de recordar la única ocasión en la que alguien lo reconoció frente a él.
De esta manera, la doble moral funciona como mecanismo cultural que invisibiliza al consumidor y coloca el peso del juicio social sobre quien produce el contenido. Así, la responsabilidad simbólica recae casi exclusivamente sobre las creadoras, mientras el rol del consumidor queda fuera del debate público.
“Es muy poco probable que una persona diga que consumió contenido en OnlyFans. La vergüenza cuando lo dice es enorme”, explica Salomé Falconi. En grupos sociales lo que más circula es el rumor mas no la confesión.
¿A quién le llegan las críticas?
El estigma es público para la mujer que se expone, pero la participación económica del hombre que paga se diluye en el anonimato. Esta dinámica revela que el problema no se reduce al mercado digital, sino que está anclado en una cultura que juzga de manera diferenciada la sexualidad femenina y la masculina.
A pesar de que la plataforma promete autonomía económica, para muchas creadoras el proceso está atravesado por conflictos emocionales, estigma social y estrategias constantes para sostener su audiencia.
Una creadora de contenido de 25 años, que pidió mantener su identidad en reserva por motivos de privacidad, cuenta que su presencia en redes sociales siempre estuvo vinculada a la sensualidad, incluso antes de monetizarla. La decisión de convertir ese contenido en una fuente de ingresos surgió más por curiosidad que por un plan estructurado. “Fue mera curiosidad. Yo veía que mucha gente me escribía preguntando si tenía contenido privado y me quedé pensando: ¿será que lo intento?”, recuerda.
El resultado fue inmediato. “En menos de 24 horas tenía miles de mensajes. La gente respondía a mis historias diciendo ‘info, info, info’. Mi teléfono parecía un call center”, cuenta.
Ese primer momento también reveló la dimensión económica de la plataforma. “En un solo día gané unos 800 dólares. Nunca había trabajado antes en mi vida y me quedé loca”, dice.
Sin embargo, la reacción emocional no fue solo entusiasmo. “Tenía plata, pero me puse a llorar. Me sentí sucia, me sentí asqueada. Cuando los tipos me escribían cosas como ‘qué rica eres’ o ‘me encantas’, al principio me sentí muy mal conmigo misma”, relata.
Con el tiempo, la creadora explica que la lógica económica terminó imponiéndose. “Me mantuvo el dinero. Económicamente es muy rentable. Gano mucho más como creadora de contenido que en mi trabajo profesional”.
Pero el costo social sigue presente, especialmente en las relaciones personales. “Me ha pasado en citas que al principio me tratan como alguien inteligente, pero cuando descubren que vendo contenido cambian completamente. Una vez un chico me escribió un mensaje larguísimo diciéndome que era ‘una cualquiera’ y que pensó que yo era más inteligente”, recuerda.
La exposición pública también genera situaciones incómodas en la vida cotidiana. “Una vez estaba en la cafetería de la universidad y un chico se me acercó y me dijo: ‘yo te conozco, alguna vez compré tu contenido’. Me quedé fría porque no te imaginas encontrarte cara a cara con alguien que te ha visto de esa forma”, relata.
Además del juicio social, la actividad exige un trabajo constante para sostener la visibilidad digital. “La gente cree que el dinero llega solo, pero es como un emprendimiento. Tienes que buscar clientes, pagar publicidad, promocionarte. Si no tienes audiencia, no tienes ingresos”, explica.
“Me gustaría que se quitara esa idea de que las mujeres que hacemos esto somos tontas o fáciles», cuenta. «Muchas veces nos categorizan muy rápido solo por lo que ven en internet”, para ella, el problema principal no es la existencia de la plataforma, sino la forma en que la sociedad juzga a quienes participan en ella.
¿Por qué pagar cuando existe pornografía gratuita en internet?
La respuesta no se relaciona con la escasez de oferta, sino con la experiencia subjetiva del consumo. “Supongo que es por el tacto que tienen los clientes con las modelos… sientes que ya hay una conexión”, comenta Esteban.
A diferencia de la pornografía tradicional, donde la desnudez es inmediata y anónima, en estos espacios la exposición suele ser progresiva, personalizada y mediada por interacción directa. No es únicamente un cuerpo; es sentir que ese cuerpo le pertenece simbólicamente, aunque sea de manera momentánea.
La diferencia radica en la expectativa y la exclusividad. En las páginas pornográficas tradicionales, el acceso es masivo e inmediato. En cambio, en una plataforma de suscripción el contenido está detrás de un muro de pago que delimita un espacio cerrado.
Si bien al escribir el nombre de una creadora en una página de pornografía convencional pueden aparecer fragmentos o capturas de su contenido, esos resultados funcionan como anzuelo: muestran una parte mínima e invitan al usuario a “ver el contenido completo” en la plataforma oficial.
Exclusividad, morbo y algoritmo
“Mi prima tiene OnlyFans. No lo hace porque necesita dinero. Es influencer en TikTok y gana bastante”, dice Salomé. Sin embargo, la decisión no aparece vinculada a la supervivencia económica inmediata, sino a la diversificación de ingresos dentro de una economía digital inestable.
No se trata de cualquier actriz anónima, sino de alguien cuya personalidad ya ha sido consumida públicamente.
“Pero ella no hace contenido explícito, son solo fotos en lencería. Puedes escoger el nivel de vulnerabilidad que deseas exponer”, agrega Salome. La plataforma ofrece escalas de exposición, y esa graduación alimenta tanto la narrativa de autonomía como el interés del consumidor.

Uso de aplicación /Foto: Melissa Lucero
El estigma en la vida privada
El lenguaje de “creadora de contenido” suaviza lo que algunos críticos consideran una forma de explotación sexual adaptada a la economía de plataformas. La promesa de autonomía convive con dinámicas de precarización y con la cesión de derechos de imagen bajo términos contractuales amplios. Sin embargo, detrás de ese discurso de “empoderamiento” también aparecen tensiones en la vida personal de quienes participan en este mercado.
La distancia se ha convertido en una estrategia de protección frente al juicio social. La creadora asegura que ha levantado barreras para evitar confrontaciones o críticas. “He puesto una barrera muy fuerte con la gente. Entre más apego tienes con alguien, más creen que tienen la autoridad de juzgarte”, explica. Por esa razón, gran parte de su familia desconoce su actividad.
Esa separación no solo se extiende al ámbito familiar, sino también a la vida sentimental. Para ella, las relaciones afectivas se han vuelto más complejas desde que comenzó a vender contenido. “Desde que empecé con esto dije que no quiero pareja”, afirma. La decisión, dice, se basa en lo que observa dentro de la misma dinámica de consumo en la plataforma. “Muchos hombres que me escriben tienen fotos con sus novias o esposas y aun así me piden contenido. Por eso digo: no quiero novio”.
La economía digital premia la exposición y convierte la atención en capital. El algoritmo recompensa lo que genera interacción, y lo sensual genera interacción. Sin embargo, la sociedad continúa penalizando simbólicamente a quienes capitalizan esa lógica de manera explícita.
** La entrevistada solicitó mantener su identidad en anonimato por motivos de privacidad, debido a la exposición y posibles repercusiones sociales asociadas a su actividad en plataformas digitales.
