febrero 14, 2026

La seguridad en Quito desde la perspectiva de un ambateño

Juanes cuenta sobre su percepción y experiencia de la seguridad en Quito.

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Juanes nació y creció en Ambato, una ciudad muy chiquita donde todos se conocen entre todos. Es por eso que hay una sensación de seguridad: se conoce cuáles son los barrios seguros, qué barrios se deben evitar, y en quién confiar.

Quito es muy diferente.

En el trayecto hacia la capital para empezar clases en la universidad, los papás de Juanes le contaban historias de miedo de todas las cosas que le podían ocurrir: asaltos, secuestros y hasta la muerte. Y todo esto basado en la magnitud de Quito, en la cantidad de gente que residen aquí. O, más bien, en la cantidad de extraños con los que ahora iba a convivir.

Poco a poco, hizo amigos en la universidad, y ellos se convirtieron en una red de seguridad y apoyo, y fueron una guía sobre el estado de seguridad en esta grande ciudad. Aun así, Juanes seguía lejos de casa y sin su familia, por lo que le tocó volverse más responsable; se vio obligado a ser más responsable sobre sí mismo: a saber, dónde va, con quién va, cuándo va, y a estar siempre pendiente de lo que ocurre a su alrededor.

Casi un año después de su llegada a Quito, un día como cualquier otro, Juanes estaba bajando por la calle debajo del puente, hacia su departamento pequeño que queda a tres cuadras del campus. Un señor y una chica se le acercaron, diciendo que alguien le había pegado a su prima y que tenían que revisar el celular de Juanes para asegurarse que no haya sido él. Juanes se rehusó a entregar su celular y decidió huir.

Le gritaron que le iban a disparar, pero afortunadamente no lo hicieron, y Juanes salió ileso.

El momento que llegó a su casa, temblando y con el corazón acelerado más del susto que de la corrida, lo primero que hizo fue llamar a su mamá.

“Te regresas a Ambato,” fue la respuesta de ella. “Ya no hay universidad para ti.”

Pero Juanes estaba resuelto en terminar sus estudios. Entonces se quedó, y desde ese día se cuida más. Solo camina por Cumbayá cuando hay otra gente, o toma un Uber en lugar de ir a pie. A pesar de su experiencia y le sensación general de inseguridad, Juanes insiste en no permitir que el temor le paralice.

“Es muy feo vivir con miedo de que ‘ay, no voy a salir porque me van a matar, o no voy a salir porque me van a robar.’ Tienes que seguir,” afirmó.