Deslizamientos, advertencias y obras tardías marcan la historia de la vía de Guápulo
Cada temporada de lluvias vuelve a poner en evidencia un problema conocido en Quito: los deslizamientos en Guápulo. Aunque el riesgo ha sido identificado por años, las intervenciones siguen llegando cuando el daño ya está hecho.

Foto: Cortesía por EMOP
La vía de Guápulo es uno de los puntos más críticos de la capital ecuatoriana. Su ubicación en una zona de ladera, sumada a las fuertes precipitaciones durante la temporada invernal, la convierten en un área altamente vulnerable a deslizamientos de tierra. Sin embargo, más allá de las condiciones naturales, el problema no radica únicamente en el clima, sino en la forma en que se gestionan estos riesgos.
En Quito, la prevención de desastres funciona bajo un esquema institucional dividido. Mientras la Secretaría de Seguridad y Gestión de Riesgos es la encargada de planificar las intervenciones, la Empresa Pública Metropolitana de Movilidad y Obras Públicas (EMOP) ejecuta las obras en territorio. Esto implica que las acciones no dependen de una sola entidad, sino de la coordinación entre varias instancias.
Guillermo Sosa, jefe de emergencias de EMOP, explica que la institución interviene principalmente mediante trabajos de mitigación. “Nosotros ejecutamos obras como muros de contención, limpieza de taludes y estabilización de zonas afectadas, especialmente en temporada de lluvias”, señala. Estas acciones buscan reducir el impacto de posibles deslizamientos y mantener la operatividad de las vías.
No obstante, la clave está en el momento en que se realizan estas intervenciones.
Aunque existen trabajos preventivos, en la práctica muchas de las acciones se intensifican cuando el riesgo ya es evidente o cuando una emergencia ha ocurrido. Esto genera una percepción de respuesta reactiva, más que preventiva, entre los ciudadanos.
“Sí se han hecho trabajos, pero muchas veces es cuando ya pasó algo o cuando el problema ya está encima”, comenta Daniela Mesa, residente del sector de Guápulo. Según explica, los vecinos viven con una preocupación constante durante la época de lluvias. “Cada vez que llueve fuerte, uno ya sabe que algo puede pasar. Es una incertidumbre que se repite todos los años”.
Esta percepción no es aislada. Para quienes transitan diariamente por la vía, el riesgo es evidente incluso en condiciones normales. Carolina Méndez, conductora frecuente del sector, señala que la experiencia de circular por Guápulo implica un estado permanente de alerta.
“Es una vía complicada. Hay partes donde uno ve que la tierra está inestable, y cuando llueve, el miedo es mayor. Manejas sabiendo que algo puede pasar en cualquier momento”.
Desde el ámbito institucional, Sosa reconoce que uno de los principales retos es anticiparse completamente a estos eventos. “Hay intervenciones preventivas, pero también existen factores como la intensidad de las lluvias, la saturación del suelo y las características geológicas que pueden generar emergencias difíciles de prever en su totalidad”, explica.
En ese contexto, señala también que la gestión del riesgo en Quito funciona bajo un esquema de coordinación institucional, en el que la planificación de las intervenciones corresponde a la Secretaría de Seguridad y Gestión de Riesgos, mientras que EMOP se encarga de ejecutarlas en territorio mediante trabajos como muros de contención y limpieza de taludes, especialmente en temporada de lluvias.
A esto se suma el hecho de que la ciudad continúa creciendo hacia zonas de riesgo, lo que incrementa la exposición de la población y la presión sobre la infraestructura vial. En este contexto, la prevención no solo implica obras físicas, sino también planificación urbana y gestión integral del territorio.
Mientras tanto, para los ciudadanos, el problema se vive en lo cotidiano. La incertidumbre frente a cada lluvia, el temor al transitar por zonas inestables y la percepción de que las soluciones llegan tarde forman parte de una experiencia que se repite año tras año.

Foto: Cortesía por EMOP
Guápulo no es un caso aislado, pero sí uno representativo. En esta vía se concentran las tensiones entre planificación, ejecución y realidad territorial. Y en medio de estas, persiste una pregunta clave para la ciudad: ¿es posible pasar de una gestión reactiva a una verdadera cultura de prevención?
