Camila: parar también es parte del camino
Entre clases, trabajo y expectativas, miles de jóvenes enfrentan un agotamiento que rara vez se habla. Esta es la historia de una estudiante que aprendió que graduarse también implica cuidar la salud mental en el camino.
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A las seis de la mañana, cuando Quito todavía despierta bajo una capa de neblina y el frío obliga a caminar rápido hacia la parada del bus, suena por tercera vez la alarma del celular de Camila Saltos. Tiene 23 años y cursa los últimos semestres de la universidad. Su cuarto es el reflejo de sus semanas: libros abiertos, apuntes sobre el escritorio y post-its pegados en la pared con fechas de exámenes y entregas que no dan tregua.
Se sienta en la cama y, por unos segundos, no entiende por qué está tan cansada si el día apenas empieza.
No es pereza. Tampoco falta de disciplina. Es agotamiento acumulado. Ese que no se publica en redes sociales ni aparece en las fotos de graduación. El cansancio que queda fuera de los discursos sobre “luchar por los sueños” y que miles de estudiantes cargan en silencio.
Camila estudia y trabaja medio tiempo. Como muchos universitarios, vive bajo una presión constante: no atrasarse, no desaprovechar oportunidades, no decepcionar a nadie y no quedarse atrás mientras otros parecen avanzar sin dificultades.
Sus días transcurren entre clases, trabajos grupales, prácticas, transporte público y tareas que se multiplican. Almuerza rápido, estudia hasta tarde y duerme menos de lo necesario. Muchas noches regresa a casa con la sensación de haber hecho todo y, aun así, sentir que no fue suficiente.
Con el paso de los semestres, el cansancio dejó de ser algo pasajero. Empezó a olvidar cosas simples, a llorar sin una razón clara y a vivir con ansiedad permanente. Pensó que era normal, que así se sentía ser universitario: cansancio constante y culpa por descansar.
El quiebre llegó durante un examen. Había estudiado durante semanas, pero frente a la hoja en blanco no recordó nada. Salió del aula y rompió en llanto en el pasillo. No por la nota, sino por una sensación más profunda: llevaba meses funcionando en automático, cumpliendo con todo menos consigo misma.
Ese día entendió que algo debía cambiar.
Comenzó por pedir ayuda. Acudió al servicio psicológico de la universidad, redujo una materia y empezó a respetar sus horas de descanso. Aprendió a decir que no cuando su agenda ya estaba llena y comprendió que cuidar su salud mental no era perder tiempo, sino evitar perderse en el proceso.
Nada se volvió fácil de un día para otro. Las entregas siguen acumulándose y las semanas pesadas continúan apareciendo. Pero ahora identifica cuándo necesita parar, respirar y reorganizarse.
Su experiencia no es aislada. Entre los pasillos universitarios se repiten historias similares: jóvenes presionados por rendir, preocupados por el futuro laboral y agotados por cumplir expectativas propias y ajenas. Sin embargo, pocas veces se habla de ello. La salud mental universitaria suele esconderse detrás de un automático “estoy bien”.
Hoy, Camila resume su aprendizaje con una idea sencilla: nadie puede rendir bien cuando vive al límite. Graduarse, entiende ahora, también implica aprender a cuidarse.
Porque ningún título vale más que perderse a uno mismo en el camino.
